Carta a nuestra Sangha del maestro Raphaël Doko, abad del templo Seikyuji.

Queridos amigos,

Justo al final de esta semana nos hubiéramos reunido en Seikyuji para la Semana Fuse. Habría sido la vigésima segunda Semana Fuse en su forma actual. Anteriormente se hacía simplemente una sesshin, que tenía lugar durante el último fin de semana de la Semana Santa.

Cada año golpeamos la piel del tambor para recordar a todos lo importante que son estos momentos de práctica. Por diversas razones, sin embargo, algunos no vienen. Y aunque esos motivos suelen ser muy válidos, siempre acabo diciéndome a mí mismo que sean cuales sean las razones que uno pueda tener para no responder a esta llamada, éstas, suelen ser pobres para la Vía; como si el tiempo fuera eternamente extensible y se pudieran dejar las cosas para más tarde.

 

¿La verdadera libertad no sería más bien respetar la tradición, haver lo que uno debe hacer, ser fiel a uno mismo, a la palabra dada y a la ordenación?

Pero ¿qué decir ahora que realmente no podemos movernos? Tenemos prohibido desplazarnos. Se trata de cuestión de vida o muerte. Continuamos creyendo que tenemos la opción de ir y venir y que podemos elegir nuestro libre albedrío. ¿No tiene, la ilusión de esta clase de libertad, un punto de arrogancia? ¿La verdadera libertad no sería más bien respetar la tradición, haver lo que uno debe hacer, ser fiel a uno mismo, a la palabra dada y a la ordenación?

Pensad en los árboles inmóviles que viven siempre en el mismo lugar, sin posibilidad de escapar del frío o del sol, y que sin embargo se yerguen majestuosamente. Pequeño o grande o nudoso, el árbol cumple su función en la naturaleza; su vida tiene algo en común con la Vía del monje.

Una reflexión en un libro de Rabelais (en francés antiguo) dice así: «Si te enojas con los signos, ¡oh!, cuánto más te enojarás con las cosas significadas». En lenguaje moderno se podría decir: «Si los signos te irritan, ¡oh, cuánto te irritarán las cosas que significan! Cada verdadero significante corresponde a un verdadero significado.

 

En el Zen se habla a menudo sobre el despertar a uno mismo, a la propia naturaleza y, en Occidente, en general, de la conciencia de uno mismo. Detrás de esas palabras se esconde una cierta obsesión por el ego -pequeño y gran ego

En el Zen se habla a menudo sobre el despertar a uno mismo, a la propia naturaleza y, en Occidente, en general, de la conciencia de uno mismo. Detrás de esas palabras se esconde una cierta obsesión por el ego -pequeño y gran ego-, por uno mismo situado en el centro del Universo. Pero tan pronto como despertamos, nuestra naturaleza profunda se une a lo universal, que, como el Universo, está en constante expansión.

El filósofo japonés Kitarô Nishida expresa el despertar del «sí mismo» con estas palabras: «Un destello de eternidad en el tiempo, una efímera sensación de totalidad en medio de las metas y ambiciones fragmentarias que habitualmente impulsan nuestras vidas».

Dogen dice: «Cuando la Vía está confiada a la Vía, obtenemos la Vía». No hay que abandonar el ego. No hay nada a lo que renunciar. La idea misma de abandonar el ego es absurda. Sólo los prisioneros sueñan con la libertad.

Todas las cosas son fundamentalmente libres. Somos nosotros mismos los que tejemos las cuerdas que atan nuestras manos y pies. Podemos interpretar la crisis que estamos viviendo como una crisis más y pensar que pronto la vida volverá a ser como antes. Sería preferible ver en ella una señal que nos llega a lo más profundo de nuestro corazón, capaz de cuestionar nuestra forma de ser, de vivir; nuestro medio ambiente, el mundo en el que vivimos y en el que queremos vivir.

Os dejo con estas palabras del antiguo Tao:

Abraza la alegría que viene con el vuelo,
Y vive en el sol naciente de la eternidad.

Pienso en todos vosotros.

De mi alma a tu alma. Raphaël.